¿Cántas veces nos ha pasado que después de morir de hambre por 3 semanas siguiendo nuestro plan de dieta tal como Dios manda, hemos arrasado con todo elemento comestible que había a nuestro alcance?
¿Cuántas veces nos hemos hecho las enfermas para zafarnos de situaciones que no teníamos ganas de soportar?
O más aún ¿Cuántas veces hemos dejado en rojo la cuenta de nuestra tarjeta por tener ese par de zapatos ¨rojos, increíbles¨, iguales a los negros que tanto amamos?

Muchas veces hacemos cosas de las cuales después nos arrepentimos y nos sentimos culpables, nos angustiamos porque no era lo correcto pero de todas formas lo hicimos. Pagamos la cuota del gimnasio al cual nunca vamos, pedimos 1 kg de helado después de pasar por el local de comidas rápidas a buscar la cena, un delicioso combo, grande!… y lo terminamos! (porque nos sentíamos débiles por la dieta que estábamos haciendo y además es domingo y llueve…) y a no olvidar el uso (y abuso) que hicimos durante la semana de la tarjeta de crédito porque las liquidaciones están ¨imperdibles¨ como lo va a estar el hecho que por los próximos 3 meses debas vivir a fideos porque el presupuesto no da para más…
En esas situaciones una extraña fuerza interior hace que mandemos callar a nuestro ¨angelito¨ interno y dejemos ganar a nuestro ¨diablito¨ porque sabemos que eso que estamos a punto de hacer (o dejar de hacer) es algo que queremos, morimos de ganas por hacerlo, pero no es lo correcto, no es conveniente para nuestra salud mental.






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